lunes, 18 de enero de 2010

Sin venir a cuento, un día decido abrir las ventanas de la felicidad a mi vida.
No se abren de golpe, son de esas con puertas pesadas que poco a poco vas abriendo.
Tampoco es que haya sido jamás de grandes esfuerzos...vamos que los tirones más grandes los hemos ido dando entre muchos...
Pero ya está, están abiertas.
De par en par, aunque con la persiana ligeramente bajada, quiero seguir siendo yo a pesar de todo...
Pero entra tanta luz...y es tan bonita, tan cegadora...


No hay más días oscuros, ni siquiera noches oscuras, hasta la luz de las farolas se cuela en mi habitación, bajo las sábanas...


Pero ¡oh maldición! Es la propia luz la que proyecta las sombras de aquello que apenas recordaba...
Y vaya...justo cuando atardece son más largas, más vacilantes, más temibles...


Pero seamos sinceros, ¿por qué iba a preocuparme si no hay señal alguna de días nublados?

Ya lo solucionaré cuando vuelva la oscuridad, claro, aunque quién sabe si aún estaré en el terminio que lo permite...

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