viernes, 17 de abril de 2009

[...]

Todo sucedió bastante rápido. Recuerdo que la gente estaba distraída, centrada en la música que escuchaban, en las charlas amenas que se suceden en los autobuses, o sencillamente, inmersos en la lectura de algún best seller más por moda que por una sinopsis devastadora.
Yo estaba mirando por la ventana, agotada, después de haber pasado el día fuera de mi casa, y veía como las luces de la ciudad iluminaban la oscuridad de las calles. No era normal que a esas horas aún no estuviese en casa, pero aquel día tenía compromisos familiares.
Recuerdo como en una parada, algo me llamó la atención. No estaba prestando especial interés a la gente subiendo y bajando del autobús, pero justo en esa parada oí como segundos después de abrirse las puertas, la mujer que se sentaba delante de mí emitió un chillido ahogado. En lo que tardé en girar la cabeza hacia la puerta ya había entrado el primero, con una metralleta alzada sobre su brazo derecho. Era un hombre muy alto, seguramente pasaba con creces el metro noventa de estatura y además era realmente musculoso. Llevaba abierta una gabardina de cuero que llegaba a medio camino de las rodillas y el tobillo, dejando entrever unos tejanos negros desgastados y una malla por camiseta donde marcaba sus pectorales de hierro. Realmente era el tipo de persona a la que esperas que esté de tu lado en una pelea de bar. Sus ojos recorrían uno a uno, con un movimiento rápido, todos y cada unos de los pasajeros del autobús. Tenía los ojos pardos, la nariz aguileña y una mandíbula ancha y cuadrada.
- Está bien, todos quietecitos y calladitos. No quiero que me deis la noche- recitó cansinamente, mientras soltaba una risa perversa entre dientes.
Justo después subieron el resto del grupo. Se colocaron frente a todos en una formación un tanto peculiar. Al principio de todo estaba el de la gabardina, realzando su liderazgo frente al resto del grupo. A su izquierda, una chica delgada, con la piel muy pálida y maquillaje oscuro. Llevaba dos coletas muy grandes, y un flequillo largo que le tapaba la mitad del rostro. Llevaba un vestido negro que parecía un tutú, con una falda corta que mostraba unas largas piernas. Destacaban la atención sus botas enormes, su collar de perro y, sobre todo, su sonrisa malvada.
A la derecha del líder había otro tipo igual de alto que él, aunque mucho menos musculoso. Parecía demasiado delgado para resultar tan amenazante como su compañero, pero cuando empecé a examinarle vi que llevaba un cuchillo enorme enfundado en la pernera del pantalón. No pude evitar mirarle a la cara, intentando adivinar sus intenciones, y vi cómo me miraba fijamente, con una mirada penetrante. Tenía una frente muy ancha, y el pelo largo, lacio y negro, cayéndole directamente sobre los hombros.
Finalmente, casi por obligación, me fijé en el tipo que había provocado el desnivel del autobús. Un cuarto hombre que, no era tan alto como los anteriores, tan sólo escasos centímetros más que la chica, pero el doble de corpulento que ellos. A pesar que todos parecían jóvenes, este aún tenía rasgos de niño. Llevaba el pelo engominado de manera que recordaba un erizo. Usaba mucho maquillaje, incluso más que la chica. Tenía el rostro cubierto de piercings y fruncía el entrecejo, dándole aún más apariencia de niño pequeño enojado. Parecía menos interesante que los demás, pero, una vez empezaron a moverse todos hacia adelante, y la chica se apartó de mi campo de visión, alcancé a ver un bate de béisbol negro, que tal vez fuese de algo mucho más contundente que la madera.
- ¡Agáchate! ¡Bajo el asiento!
Por un momento creí que era mi propia conciencia la que me hablaba, pero se trataba del hombre que se sentaba justo detrás de mí. Un hombre de unos treinta años que reaccionó antes que nadie, y con tu brazo, empujo mi cabeza hacia abajo a la vez que decía esas palabras.
Me agaché todo lo que pude y empecé a oír disparos. Di por sentado que habían alcanzado a aquel hombre amable, ya que oí un grito que provenía justo de detrás de mí. Entonces vi dos cuerpos que avanzaban por el pasillo central del autobús. El chico delgado se subió agazapado al asiento de detrás del de la señora que había a mi derecha, al otro lado del pasillo. Parecía un mono en esa postura. Intenté taparme el rostro horrorizada, pero entreabrí los dedos de mi mano y pude ver como con un gesto extremadamente rápido, sacó su cuchillo y degolló a la pobre mujer. Creo que grité, pero ni siquiera pude oírme. Alguien lo hizo; la chica de las coletas apareció de golpe a mi lado, e inclinando la cabeza mientras no dejaba de sonreír, me tomó en brazos y me llevó hasta la puerta por la que habían entrado. No entendía qué estaba pensando, se oían gritos, golpes, disparos...pero no huía nadie, la gente permanecía inmóvil, en su correspondiente asiento. Supuse entonces que el ver a esos tipos armados intimidaría a cualquiera. De golpe levanté la cabeza, casi lo había olvidado. Mis ojos encontraron enseguida los suyos. "Mamá" pensé, y pude ver el terror en su cara. Tenía una expresión tan rígida, tan pálida...esa mujer de hielo no podía ser mi madre. Entonces vi al chico delgado dar otro salto de mono, justo detrás del asiento dónde se encontraba mi madre. ¡NO! Grité, al mismo tiempo que la chica, cayendo en la cuenta de lo que estaba a punto de presenciar, puso su delgada mano en mi rostro, impidiéndome ver a mi madre con vida una última vez. Su mano olía a frutas del bosque. Cuando por fin la retiró estábamos ya fuera del autobús. Dentro aún había disparos, golpes y gritos. Pude ver cómo el chico gordo aporreaba todo cuanto se cruzase en su camino de manera indiscriminada, fuera humano o no. Entonces la chica se inclinó ante mí, tenía su cara a menos de un palmo de la mía, y sonrió aún más dulcemente a la vez que inclinaba más su cabeza mientras me miraba con curiosidad. Uno de los tirabuzones que se habían desprendido de una de sus coletas me rozó la punta de mi nariz en un cálido cosquilleo. Sacó un palo extraño de un bolsillo y un mechero. Una vez lo tuve cerca de mí vi que se trataba de una bengala. Me la tendió y la sostuve con la mano derecha, mientras ella la encendía con el mechero. Lo guardó y sacó un cilindro del que colgaba una cuerda. Yo estaba demasiado absorta contemplando como chisporreaba la bengala, pero vi como acercó la mecha de ese tubo a mi bengala. Se prendió rápidamente. Nos quedamos mirándonos durante unos instantes. Cada una con su “bengala” en mano. Entonces dijo:
- Aléjate un poco – con un tono extremadamente dulce y amable. Me aparté al momento. – Vuelvo enseguida.
Giró sobre si misma y volvió al interior del autobús. Algunas ventanas tenían chorros de pintura roja. ¿Será sangre? Pensé, pero no le dí mayor importancia. De golpe, el chico con el bate de béisbol rompió algunas ventanas y vi al de la gabardina y al delgado saltar por ellas, a la vez que bajaban por la puerta la chica y el chico corpulento. Se tiraron todos al suelo, y, sin dudarlo, yo también me tiré sobre él. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya no ardía mi bengala. Una vez tumbada bocabajo sobre el suelo levanté la cara para ver las instrucciones que me daba la chica. Simplemente puso sus manos sobre las orejas, y me limité a imitarla. A pesar de taparme los oídos, el estruendo fue brutal, y noté vibrar el suelo bajo mi estómago. Los cristales de las ventanas que habían sobrevivido a la masacre cedieron ante la explosión y tras el gran estallido, se prendió fuego en el vehículo. Cerré los ojos por el ruido y el miedo, y noté como un brazo grueso pasaba por debajo de mi cintura y rodeándome, me cogió y levantó del suelo. Estaba a hombros del tipo corpulento. Pataleé un poco, rabiosa, porque aún era incapaz de comprender qué había sucedido. Pero estaba cansada, y creo que me quedé dormida. Notaba el tambaleo al caminar del chico que me llevaba, me pesaban mucho los párpados pero me pareció entrever a la chica, andando alegremente justo detrás de mí, con el tipo del pelo largo a su lado.

* * *

Desperté en un lugar extraño. Era húmedo, estaba tendida sobre un suelo de tablones de madera que crujían al paso de unas botas pesadas. Supuse que uno de ellos estaba nervioso, andando de un lado a otro. De golpe, los pasos incesantes de un lado al otro de la habitación, terminaron.
- ¡¿Por qué narices la has cogido?! – Rugió una voz a menos de un metro de mí. Supuse que esa voz se refería a mí, por lo que opté por seguir haciéndome la dormida.- ¡¿Querías otra estúpida mascota?! ¡¿No te basta con tú estúpida rata?! – me estremecí. Esa voz estaba realmente enfadada y dejaba claro que yo ahí no era bienvenida.
- Es un hurón – dijo la chica de las coletas, sin perder la paciencia.
De golpe sonó un fuerte estruendo, como si alguien hubiese roto un jarrón. Pensé que, con tanto griterío y tanto ruido, tal vez ahora era el momento de despertarme. Así que lo hice con mi mejor cara de inocente-asustada-que no entiende lo que pasa. Almenos era cierto que no sabia qué estaba pasando.
- Genial, ha despertado. Ahora querrá comer…los niños sólo hacen que comer y dormir.- Sonó la voz burlona del líder del grupo.
Abrí los ojos por completo y contemplé cuál era la situación a mi alrededor. Justo enfrente había un sofá cubierto con una tela estampada a flores. Estaba ocupado por el corpulento, que no parecía prestarme más atención de la que prestaba al bollito relleno de crema que estaba ingiriendo. Justo a mi derecha, sentada con las piernas cruzadas, sobre un baúl de mimbre, estaba la chica de las coletas, sonriendo sin inmutarse ante el enfado de su compañero, y acariciando un hurón blanco que tenía en su regazo. Al verme, torció de nuevo la cabeza y sonrió entrecerrando los ojos. En una butaca de cuero, en una esquina apenas iluminada de la habitación, a mi izquierda, estaba sentado el líder del grupo, con cara de fastidio y jugueteando con dos balas entre sus dedos. Había dejado su gabardina descansando sobre uno de los brazos de la butaca, de manera que pude advertir lo extremadamente musculoso que era. Finalmente alcé la vista y vi al chico del pelo largo. Me miraba fijamente, como si pretendiera fulminarme con la mirada. Por un momento le creí capaz de ello.
De golpe adoptó un rostro más calmado.
- Se parece a ti. – dijo muy serio.
- Lo sé - río ella entre dientes – me gusta.
Terminé de incorporarme y me senté con las piernas cruzadas sobre el húmedo suelo. Olía a moho. Era una habitación bastante oscura, con una ventana muy alta en lo alto de la pared que había justo detrás de mí. De haber querido huir lo hubiese tenido realmente complicado. La única vía era esa ventana, a unos dos metros de altura de donde estaba yo, o bien unas escaleras de madera que subían a una puerta con una posible salida. Pero el chico delgado estaba entre las escaleras y yo. Seguramente estábamos por debajo del nivel del suelo. Una especie de sótano de una casa unifamiliar. Sólo había visto lugares así en las películas. Nadie hablaba, y tampoco yo lo hacía, de hecho no sabía qué hacer, todos parecían estar pensando algo, a excepción del chico que tenía justo delante; él se limitaba a engullir pastas una tras otra. Ni siquiera me di cuenta de que tenía hambre, hasta que oí el ruido de mis tripas. Miré hacia mi estómago. El líder se puso a reír, lo oí detrás de mí. Vi como un objeto se precipitaba rápida y violentamente hacia mi cabeza, y reaccioné, atrapándolo con una mano. El envoltorio era transparente así que pude ver la más que apetecible magdalena de chocolate que había en su interior. Alcé la vista para encontrar los ojos del chico corpulento, buscando mostrar cualquier gesto de gratitud por mi parte, pero al encontrarse nuestros ojos, bajó los suyos de nuevo y siguió comiendo. Abrí el envoltorio y fui comiendo poco a poco la magdalena, a pequeños mordiscos. Dicen que cuando tienes hambre, cualquier cosa sabe a gloria. Imaginad por un momento uno de esos manjares que ya de por sí, aunque se ingieran a desgana, saben a gloria. Así era la magdalena que degustaba mi paladar en ese preciso momento.

[...]


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